La infancia no nos ha unido

Camila Moyano
Investigadora Postdoctoral, Centro Justicia Educacional

Foto gentileza La Tercera

Hace algún tiempo el tema de la niñez expuesta a la violación de derechos fundamentales, ha estado en el centro de la agenda pública. Hemos visto como políticos, personajes públicos, y la ciudadanía en general han insistido en la importancia de “poner a los niños primero en la fila”. Sin embargo, y aun cuando podemos valorar las iniciativas por hacer visibles los derechos humanos de la niñez, la infancia no puede seguir siendo entendida como algo que aparentemente une progresistas y conservadores. La aparente unión sobre el mejoramiento de la gestión pública elude una pregunta que debiese ser precedente: ¿qué infancia? Pregunta que sin duda distancia y desata debates, los cuales, desde mi perspectiva, son necesarios de tener.

Porque hablar de infancia no es inocuo: la infancia no nos ha unido. La imagen de los globos blancos en una marcha es el símbolo de una homogenización del discurso sobre la infancia que, por lo menos en Chile, no ha permitido mirarla como un fenómeno social diverso. Históricamente, los programas sociales sobre infancia y los programas educativos y sus prácticas pedagógicas se han sostenido bajo fuertes supuestos sobre lo que la niñez debería ser. Por ejemplo, Sename utiliza la sigla NNA (niños, niñas y adolescentes) en sus documentos. Una neutralización del lenguaje que intenta descartar todo lo aparentemente “politizante” de las políticas públicas, cuestión que por definición es contraproducente.

El deber ser de la niñez y su transformación hacia la adultez, se ha construido bajo imperativos normativos psicologizantes de aparente asertividad científica. En una iluminadora presentación de Claudia Calquín (Universidad Central) en el Centro Justicia Educacional (CJE), sobre la hegemonía de los discursos de la neurociencia para hablar de infancia, se mostraba cómo políticas públicas chilenas han justificado discursivamente su quehacer bajo premisas científicas de rendimiento neuronal óptimo como factor fundamental para el devenir “normal” de la niñez hasta la vejez. Sin pretensión de debatir con la neurociencia, se discuten las premisas que, bajo la justificación de ser científicas, le han hecho un flaco favor a la heterogeneidad biosociocultural (nombre de una de las líneas de investigación del CJE).

Es difícil creer que Gabriel Boric, José Manuel Ossandón o Marcela Sabat (integrantes de la Comisión Infancia que entregó sus conclusiones en mayo pasado) puedan tener una visión unificada sobre cómo abordar la infancia, pues no la tienen en educación o salud reproductiva. El problema está en que las conclusiones perpetúan la distinción entre niñez vulnerada y no vulnerada, sin pensar que la posibilidad de que exista una es por la existencia de la otra y que, por tanto, los derechos no pueden estar sólo focalizados en una única parte de esta distinción.

Así, el debate no puede limitarse a la pura gestión pública de apartente acuerdo de todos los sectores, sino que debe abrir la discusión a otros aspectos. No hay entonces que olvidar que cuando hablamos de identidad de género, de no discriminación en el ingreso a las escuelas, o adopción homoparental, estamos hablando de cuestiones fundamentales de la infancia, discusiones a todas luces controversiales. En este sentido, propongo repensar la forma en que estamos creando las políticas sobre infancia, integrando carteras que mucho pueden ayudar deshomogeneizar la discusión, y desmitificar a la infancia como un proyecto futuro, invitando a mirarla como una cuestión de contingencia política. De esta forma, debemos estar alerta a los resultados en políticas de infancia que se comienzan a construir a raíz de las propuestas de esta comisión. Es de esperar que avanzar en la protección de derechos no signifique perpetuar la homogeneización, de lo correcto e incorrecto, y de lo normal y lo anormal.

Esta columna fue publicada en La Tercera el 04 de octubre de 2018 ->https://goo.gl/XgvdSE